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sábado, 5 de diciembre de 2015

La ruta de miles

-Odisea en el embrujado camino hacia el paraiso

El de Osmel dando tumbos por el lomo de Centroamérica es el tipo de relato que uno no quisiera nunca que la familia conociera. Mejor sería enviar fotos cuando ya hubieran pasado unos días y los tíos y los amigos que están esperando —casi siempre en Miami— hubiesen ayudado con ropa, zapatos, una comida criolla como Dios manda y dinero.

Pero cuando aún no se ha llegado al destino —casi siempre Miami— y no se tienen más fotos que las de una muchedumbre siendo repelida por las fuerzas públicas de Nicaragua, esa misma muchedumbre acomodada en colchones en el piso y rodeando a los funcionarios que han ido a dar explicaciones; cuando no hay demasiadas certidumbres no se puede recrear mucho los cuentos.



Será por eso, para que más tarde nadie haga la historia a su manera, que Osmel accede a describir una travesía que comienza hace cinco meses, cuando pone un pie en el avión rumbo a Perú y, 14 horas después, se monta en otro que lo manda directamente a Ecuador.

En Quito trabaja como un mulo hasta que un día se levanta y decide de repente que se va para la terminal de ómnibus —“buses le dicen allá”—, se trepa en uno con la agilidad con que abordaba las Yutong y desembarca en Tulcán, justo en la frontera de Ecuador con Colombia. Hasta entonces, todo fácil.


Lo malo es cuando le toca cruzar la frontera atravesando el monte, un monte que no es como el cubano, aunque se le parece, y que deja finalmente atrás a la altura de Ipiales. Allí aborda un taxi que lo conduce hasta un transporte bajo la jurisdicción de lo que Osmel llama su “contacto”.

Y el transporte es un camión que cierran herméticamente desde afuera, tan herméticamente que apenas quedan dos huecos en el piso por donde respiran él y el amigo que lo acompaña en el trayecto. El amigo o los amigos, no me detengo a precisar porque tampoco importa demasiado en una ruta que tantos miles han desandado antes.

A mitad de camino, sin embargo, el camión se detiene. Son las dos de la madrugada.

—A ver, ¿qué traen aquí? ¿Cubanos? Arriba, bajando.

Se tiran medio entumecidos y sienten, incluso en la oscuridad, el frío de las armas apuntándoles. Unos 300 dólares logran arrebatarle a su amigo; a Osmel no le queda más remedio que también pagar peaje.

—Si no hay plata, los matamos aquí mismo.

Suenan la contadora, como es lógico, y los dejan continuar viaje. A Cali llegan de día, justo a tiempo para abordar otro bus con destino a Medellín en el que corren mejor suerte, pues los retenes no los detectan. O fingen no detectarlos, que para el caso…

Cuando arriban a Necocli los está esperando una lancha rumbo a Panamá; pero la cosa no es sencilla así, que llegas a la lancha y te montas. Primero deben pagar 30 dólares por cada uno a un coyote que de pronto los deja a la bartola en medio de una oscuridad de espanto. Dice Osmel que la suerte es que Dios los ayuda y consiguen enderezar el camino hasta Puerto La miel, donde tienen que cambiar de lancha y, de ahí, hasta Obaldía, a punto ya de entrar a Panamá.

A punto, pero todavía no en Panamá: en Obaldía tiene que esperar cinco días con sus noches, comiendo mal y poco, porque si gasta el dinero luego no va a alcanzarle para pagar la avioneta que debe llevarlo a la capital. Lo que hay es un negocio bien montado con cada paso del trayecto, él se lo imagina, sobre todo cuando se entera de que el precio del boleto lo subieron a más del doble de lo que costaba un tiempo atrás.

Pero lo paga porque va preparado para eso, para que intenten robarle, estafarlo y cobrarle hasta por respirar. En Ciudad Panamá, todo bien, explica Osmel, incluido el ómnibus que lo lanza de cabeza en Paso Canoas, justo el lugar donde empieza a trancarse el dominó.
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Miles de cubanos se encuentran aglomerados en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua. (Foto: Tomada de Facebook)

ESTANCADO A MEDIO CAMINO


La noticia cuando llega es que no están dando el salvoconducto, razón de más para que los nervios se encrespen, los ánimos se caldeen y él termine, junto a otros cientos de personas, cerrando la carretera para forzar a las autoridades a entrar por el aro. Y al parecer ganan, pero por unos kilómetros, porque en el paso fronterizo de Peñas Blancas, cuando ya han caminado Nicaragua adentro, chocan con un ejército determinado a no dejarlos avanzar.

Osmel, que no ha visto más que simulacros de guerra en Cuba, no tiene por qué saber que las fuerzas nicaragüenses actúan en legítima defensa de la integridad de su territorio; por eso le parece desproporcionada la reacción de unas tropas que echan fuera a los cubanos hasta con gases lacrimógenos. Las televisoras internacionales transmiten una y otra vez las escenas que el espirituano describe: hombres, mujeres y niños siendo tratados como escoria.

De modo que regresan a Costa Rica, el país que lleva semanas sin saber qué hacer con una cantidad de cubanos que pareciera multiplicarse exponencialmente. Los distribuyen en varios albergues, les garantizan atención médica, acceso a Internet, les reparten artículos de aseo, ropa de donación…

Osmel García Monteagudo, por ejemplo, está quieto en base en una iglesia, una en la que lo tratan muy bien, con respeto, pero no se le van de la cabeza sus hijos, sobre todo si pasan repartiendo juguetes para los muchachos y él cierra los ojos para pensar en los suyos y en su mujer. Me da el teléfono: “Llámala —me pide—, explícale que estoy bien, que la extraño, que la amo con la vida; y que no se preocupe, que están a punto de darnos una solución”.

¿Y no has valorado regresar para Cuba?, le pregunto.

Pero Osmel, que a veces recibe mis mensajes y a veces, no; Osmel, que ha avanzado miles de kilómetros por aire, mar y tierra y aún se sabe a mitad de camino, ignora de golpe lo que le digo: “Explícale a mi esposa que ya falta menos, que en cualquier momento se ponen de acuerdo, se destraba el paraguas y nos mandan a todos para Estados Unidos”.

(Tomado de Escambray Digital)

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