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sábado, 3 de septiembre de 2016

La picada de un mosquito

Los cubanos nos consideramos bien entrenados en lo que se refiere a la campaña antivectorial. Sabemos identificar las credenciales del Aedes Aegypti, sus preferencias, las consecuencias de sus picadas, las enfermedades que transmite y el peligro  que  representa su presencia  para la vida misma.

Las primeras nociones nos llegaron cuando  muy pequeños en las escuelas, conocimos de aquel sabio cubano descubridor  del agente transmisor de la fiebre amarilla, Carlos J. Finlay, aunque nunca pensamos que las consecuencias de las picaduras de un mosquito tuvieran trascendencia  hasta  nuestros días.



Luego, muchos años después, retumbó en la isla la palabra Dengue, primero mencionada  por Dámaso Pérez Prado con un ritmo que lo hizo popular, pero algo más tarde, en la década de los años 80 en el pasado siglo, los centros de  salud de la isla se saturaron con pacientes aquejados por  una extraña sintomatología que los galenos denominaban como el  dengue.
                                       
Las salas habilitadas en los centros hospitalarios se convirtieron en una especie de sanatorios, donde los pacientes cumplían una estancia en aislamiento sobre  una cama, cubiertos con mosquiteros, de manera que el Aedes no se diera por enterado de que en ese lugar se encuentraba encubierta su carnada.

Pero años más tarde al Aedes Aegypti se declaró culpable de otras nuevas enfermedades, como el Zika, y los cubanos recibimos las orientaciones precisas para considerar al peligroso vector como uno de nuestros principales enemigos.

Ya acostumbrados a las sistemáticas visitas de los operarios de la campaña antivectorial, en nuestros hogares  estábamos preparados para cumplir cuantas orientaciones se derivaran de tal ofensiva. Así nos vinculamos con  el nuevo vocabulario, compuesto por sustantivos como focal, autofocal, y las exhaustivas revisiones que incluían desde  los tanques de agua elevados,  los cascarones de huevos hasta los llamados vasos espirituales, sin dejar  de mencionar los casi siempre inoportunos bombardeos de humo en el interior de las viviendas, que nos mantenían fuera de la vivienda por espacio de 45 minutos, con la casa completamente cerrada.

La más reciente experiencia fue a raíz de la cercana presencia del Zika en países latinoamericanos, que motivó a que efectivos de las FAR se sumaran a la campaña, invadiendo con sus "bazucas" barrios, consejos populares y viviendas, en un verdadero despliegue que hizo temblar a los más agresivos transmisores del dengue y el  Zika.

Ya declarados "territorio libre de vectores", la indicación era continuar con el autofocal, de vez en cuando aplicar Abate, un producto muy efectivo en el combate contra el Aedes y cerrar el paso a los posibles criaderos del mosquito.

Pero ni así es posible escapar de la picada del mosquito. Hace  apenas unas horas efectivos de la campaña tocaron en la puerta de mi casa. Era inminente una minuciosa revisión, que comprendió detalle por detalle del patio, el techo, los registros del servicio de agua, la cajita que traen los refrigeradores en su parte posterior donde se  recoge el agua del sistema de enfriamiento.

Cuando parecía salir ileso de la "picadura", el operario extrae de su bolso una pipeta, y  toma una muestra de  agua almacenada debajo de una maseta de orquidias que con tanto esmero protegía en un búcaro de  cemento en una  esquina del patio.

La muestra iba directo al laboratorio. Tranquilo y seguro esperaba en mi casa los resultados del análisis. Hace unas horas recibí una nueva visita de la inspectora de la campaña, con la radiografía completa del hecho:  "Fue positivo su caso".

Aquellas palabras calaron tan profundamente en mi corazón, que me parecía que era  el diagnóstico mismo del Zika contraido en mi propia casa. De  su bolso extrae un talonario. Me solicita el carné de identidad, y  anota desde la fecha de nacimiento, lugar de residencia, nombres y dos apellidos. Me declara culpable y  me impone  una multa por un monto de $200.00 en Moneda Nacional.

"Usted puede dirigirse a  pagarla en la Oficina de Cobro de Multas,  sita en la calle Callejas, entre Naciso López y Avellaneda, en esta ciudad de Morón, para lo cual tiene un término de 30 días hábiles", me explicó.


Así de dramática fue la picada de este mosquito, que escondido debajo de una de las flores más delicadas del jardín cubano, fue capaz de traicionarme.

 Texto: Leonel Iparraguirre González

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